lunes 11 de febrero de 2008


Sobre el ideal de la Ilustración, el Reino de las tinieblas y la responsabilidad contemporánea

Kervin Manco Ponciano
Filosofía política.

El presente trabajo intentará partir de un tema aparentemente resuelto, pero cuya vigencia y preocupación en el fondo siguen siendo latentes; nos referimos al ideal de “la Ilustración”. Para tal fin nos valdremos del ensayo de Inmanuel Kant titulado “¿Qué es la Ilustración?”, para con ello resaltar el papel sometedor que tuvieron los tutores eclesiásticos sobre la sociedad de su época. El mismo rol dictatorial que Thomas Hobbes nos ayudará a resaltar –valga el salto temporal- en su obra el “Leviatán”. En efecto, Hobbes describirá aquel reino de las tinieblas que se extendió sobre las personas ante el poder de los hombres de religión. Para finalmente, observar con Tzvetan Todorov, los retos contemporáneos que nuestra generación ha heredado del legado de la Ilustración.
Luego de haber reconocido el dominio que tuvo la estructura de la Iglesia sobre los hombres, veremos que si bien este poder claudicó y perdió su dominio, las personas no dejaron de ser víctimas de otro u otros tipos de opresión, ni mucho menos de opresor; y que la tarea de la Ilustración por lo tanto, sigue siendo igual de inconclusa. Más aún, si posteriormente presentamos la manera en cómo nuestra generación ha recibido la responsabilidad de salvaguardar la herencia de la Ilustración y los retos que de aquí se pueden replantear.

Kant y el ideal de la Ilustración

Así, en primer lugar debemos recordar que la Ilustración se mostró como un gran movimiento filosófico y cultural del siglo XVIII que centraba su interés en el proyecto de la libertad, el predominio de la razón humana y la creencia en su progreso. En ese sentido y bajo el espíritu de la época, Inmanuel Kant escribió en 1784 ¿Qué es la Ilustración? Este texto se muestra como una crítica al hombre y a su lugar frente al ideal de la Ilustración en dicha época:
“La Ilustración es la liberación del hombre de su culpable incapacidad. La incapacidad significa la imposibilidad de servirse de su inteligencia sin guía de otro. Esta incapacidad es culpable porque su causa no reside en su falta de inteligencia sino de decisión y valor para servirse por sí mismo de ella sin la tutela de otro. ¡Sapere aude! ¡Ten el valor de servirte de tu propia razón!: he aquí el lema de la Ilustración”.[1]

Es en estas primeras ideas que Kant da inicio a su tratado sobre el hombre y la Ilustración. Ante ello, el autor hace hincapié en que el ideal de la Ilustración comprende al hombre haciendo uso propio de su razón, pero que -por el contrario- éste se muestra imposibilitado por circunstancias internas y externas que terminan configurando su silenciosa complicidad. Más aun, la exhortación imperativa de Kant es clara y firme: “¡Sapere aude!”, cuya traducción puede ser tomada como “atrévete a saber” o como la fuerte invitación kantiana “¡ten el valor de…!”. Es decir, esta invitación tomada como el “atreverse” nos llama a realizar algo que es temido, difícil y hasta peligroso; Además, si nos guiamos por el “ten valor de…”, se nos refiere a una cualidad especial por la cual los individuos se deciden a realizar acciones arriesgadas. Por ello, esta invocación en general conduce al hombre a una empresa nada común; un esfuerzo de voluntad que no debíamos pasar por alto.
Pero ¿por qué haría el autor tal invitación? Porque es necesario -da a entender Kant- que los hombres despierten de este adormecimiento del cual han sido víctimas. Más aún, porque continuaban siendo educados y formados de tal manera que se evitaba que razonen por cuenta propia y continúen viviendo bajo las aparentes seguridades de ese tutelaje; además, de que una aventura como aquella estuviera vista como extremadamente peligrosa y a veces inútil. Por lo tanto, este desinterés racional se enquistó en el hombre de su época como una “segunda naturaleza”. Para tal fin se hizo uso (o como dice Kant “abuso”) de una estructura de principios que reducían y limitaban a la población. Bajo esos criterios sólo una voz se levantaba vencedora: “¡Nada de razones!”[2]
Ante ello, el autor describe cómo es que dicho principio (el criterio de la no-razón) se extiende por las personalidades y trabajadores con cargos públicos y administrativos, resaltando finalmente el papel negativo que jugaron los hombres de religión en este periodo.

Este último elemento nos sirve para contextualizar la crítica que realiza Inmanuel Kant a la sociedad a-ilustrada, porque su reflexión en el texto se dirigía a la emancipación del pensar en relación a la dependencia religiosa. Para tal sentido, es categórico al decir que: “(...) esa tutela religiosa es, entre todas, la más funesta y deshonrosa.”[3] Ahora, el sistema opresor y manipulador del cual damos cuenta necesitó de una dinámica activa y constante. Es aquí que se hace presente el papel del tutor y de los clérigos. Estos alimentan la idea de peligro frente a la proeza del pensar por cuenta propia, todo por el bien del Status quo. Sin embargo, no tampoco fue difícil, y mucho menos imposible, encontrar aventureros que proclamaran el liberto ideal de razonar.
Por otro lado, los clérigos fueron instruidos para respetar y proteger la doctrina que profesaban. En ese sentido el mensaje que se brindaba a los feligreses debía realizarse con cierto acomodo y manipulación. No obstante, debemos mencionar que Kant realizó una suerte de diferencia justificada frente al papel público y privado que cumplían estos personajes. En esta suerte de dinámica dialéctica -nos referimos a los papeles mencionados- se muestra como fondo un cierto matiz de libertad para poder pensar por cuenta propia y hacer públicos dichos razonamientos. Así, por ejemplo, para el caso del clérigo la doctrina impartida a los feligreses correspondía al ámbito privado y no puede ni debe llamar a otro pensar que no sea el de la doctrina que imparte. Pero, en su papel como doctor, podrá realizar y expresar sus razonamientos sobre reformas y alternativas; ello configuraría su ámbito público. No obstante y en ese sentido, Kant descarta que una sociedad de clérigos se haya confabulado para manipular por generaciones a los hombres y con ello perpetuar su poder. Sin embargo, su crítica es igualmente clara.

Hobbes y una crítica más aguda

Por otra parte, debemos mencionar que la crítica kantina fue escrita en el siglo XVIII y la formación religiosa del autor posiblemente haya condicionado una aseveración como la que anteriormente resaltamos. Por ello y a raíz de las reflexiones hechas por Kant, creemos interesante utilizar algunas de las ideas expuestas por Thomas Hobbes en su Leviatán de 1651. Tal vez una cercanía mayor al legado medieval de la estructura religiosa pueda mostrarnos una crítica aun más feroz de dicho periodo. Sin embargo, debemos antes recordar algunos aspectos históricos.

En ese sentido recordamos que la filosofía europea occidental de la Edad Media se encontró estrechamente vinculada a la religión dominante: el Cristianismo, pensamiento que alcanzó pleno desarrollo con la filosofía escolástica, dando lugar a una relación singular con la filosofía, que desembocó -entre otros aspectos- en una relación problemática entre fe y razón. No obstante, pasarán varios siglos para que la defensa del Absolutismo monárquico se haga presente con Thomas Hobbes. De esta manera, mientras Hobbes analiza el estado natural, la importancia del contrato social y la necesidad del dios mortal; criticará la concepción divina sobre la procedencia del poder y resaltará que su origen es social y racional. Pero, para nuestro interés temático nos referiremos a la cuarta y última parte del “Leviatán” titulada: “Del reino de las tinieblas”.[4]
Es al inicio de esta parte donde el autor nos dice lo siguiente sobre el reino de las tinieblas:
“(este reino) no es sino una confederación de engañadores que, a fin de obtener dominio sobre los hombres en este mundo presente, intentan, mediante oscuras y erróneas doctrinas, extinguir la luz en ellos, tanto la luz natural como la del Evangelio; y, de este modo, hacer que no estén preparados para el reino venidero de Dios.”[5]

No es muy complicado reconocer la dureza del autor al mostrar a la Iglesia como “una confederación de engañadores”, sofistas y alquimistas de las escrituras y del mensaje de la doctrina. En ese mismo sentido, la tónica de todo el capítulo mencionado, es tan crítico como duro sobre el orden eclesiástico y los métodos que se utilizaron para instaurar su estructura. Pero, tenemos la necesidad de preguntarnos: ¿cómo fue que dicho orden logró instaurarse entre los hombres y con tanta dureza? En primer lugar, nos dice Hobbes que estos hombres religiosos no impartieron ni mostraron como es debida la verdad de las escrituras; y ello no fue difícil porque además el pueblo tampoco las conocía en profundidad. En segundo lugar, porque introdujeron en sus mentes la existencia de seres demoníacos y con ello manipularon sus miedos. En tercer lugar, porque mezclaron las Sagradas Escrituras con ideas obsoletas de la religión y con una vana interpretación de la filosofía griega, en especial la de Aristóteles. Y, en cuarto lugar, porque además la mezclaron con otras falsas tradiciones e historias inventadas. De esta manera, reconoce el autor que se cayó en un grave error, “dando crédito a espíritus seductores y a la demonología de quienes hipócritamente hablan mentiras, o (...) de quienes dicen lo contrario de lo que saben”.[6]

Por otra parte, en el texto hobbesiano se mostraba otra discusión, y ésta era sobre la verdadera existencia del Reino de Dios. En ese sentido el clero buscó demostrar en su doctrina y con la manipulación de sus métodos, que el Reino de Dios en la tierra no era otro que la Iglesia. Más aun, que su mayor representante era la cabeza de la misma: el Papa. Incluso, atentar contra éste era atentar contra el propio Cristo. Así, con dicha influencia, los hombres eran manipulados para proteger este orden, y dar la contra a todo lo que signifique un peligro para la Iglesia; aunque este presunto peligro lo personifiquen sus gobernantes. De modo que se dio una lucha por la posesión de la verdad sobre el reino de Dios, pero ¿qué beneficio realmente podría traer ello? “El mismo que los Papas esperaban: tener poder soberano sobre el pueblo.”[7]

No obstante, habíamos mencionado -en el primer momento de este trabajo- cierta complicidad frente a la proporción de responsabilidad que le toca a cada una de estas partes: los religiosos y los no religiosos. En este último grupo se encuentran los gobernadores, y entre ellos emperadores y soberanos cristianos. Ahora bien, si sufrieron manipulaciones y la reducción de sus poderes por parte de la no muy sincera doctrina; también comparten grado de culpabilidad. En ese sentido, se reconoce que no fueron lo suficientemente capaces para evitar y vislumbrar las sombrías intenciones del clero, y por lo tanto son culpables “de su propio daño y del daño público”. Tal vez dichos perjuicios pudieron ser evitados, pero “una vez que el pueblo fue poseído por estos hombres espirituales, no hubo ya remedio humano imaginable que pudiera aplicarse”. En síntesis, los autores de la formación sistemática de esas tinieblas no eran otros más que el clero romano y el Papa a la cabeza.[8]

De esta manera y con la ayuda de Thomas Hobbes hemos buscado sustentar la crítica kantiana al tutelaje eclesial que impidió que el hombre haga uso propio de su razón. Más aun, la siguiente sentencia hobbesiana encaja perfectamente con el análisis hecho por Kant:

“Los eclesiásticos impiden a los jóvenes que hagan uso de su razón, metiéndoles en la cabeza una serie de encantamientos compuestos de metafísica, milagros, tradiciones y abusos de la escritura, y haciendo que no sirvan para otra cosa, más que para ejecutar lo que se les ordena (...).”[9]

En base a lo anteriormente mostrado y con los dos autores ya mencionados, hemos intentado reseñar el dominio tutelar que tuvo la estructura de la Iglesia sobre los creyentes. En otras palabras -y en lenguaje hobbesiano desde un perspectiva Moderna- hemos reconocido que este dominio configuró una suerte de reinado del terror que llenó de tinieblas el horizonte de la humanidad en Europa, y que oscureció el verdadero mensaje del Cristianismo y el plan que se tenía con los hombres y la construcción pacífica y libre de un Reino posible. Todo ello, en contra del libre ejercicio de la razón y el pensar. Sin embargo, no hemos querido con nuestra apreciación, desconocer los aportes que se lograron en toda la Edad Media, como lo muestran -entre tantos autores y solo por tomar un ejemplo- Jacques Le Goff en “La civilización del occidente medieval”.

Por otro lado y luego de observar aquel conjunto de hechos históricos nos preguntamos: ¿podemos asegurar que el hombre ha dejado de ser manipulado por un régimen parecido al mencionado? ¿Acaso nos encontramos libres de otros fundamentalismos como lo fueron -entre otros- el distorsionado Cristianismo, el absolutismo o el racionalismo? ¿Cómo la Iglesia ha ido superando el lastre de su tradición? ¿Acaso en la actualidad no sufrimos otra carencia de utilización de la razón? ¿Ha caso la razón ha sido suficiente para abordar nuestro problemas de base? ¿Es probable pensar que en la Postmodernidad se nos invita a no reflexionar sino simplemente llenar nuestros vacíos existenciales con un constante e irracional consumo?

La herencia y los retos

Para situar nuestro discurso en la época contemporánea, será necesario volver a un aspecto fundamental para el ideal la ilustración. Uno de ellos radicaba en la importancia de la libertad de pensar y reflexionar sin mediación distorsionante alguna. Además, dicho acto heroico del pensar ameritaba la posibilidad de utilizar los medios indicados para formar en los individuos, ideas, reflexiones o posturas sobre algún tema de investigación en particular. En los casos presentados por Kant y Hobbes, las carencias de herramientas informativas eran las relacionadas a la religión. En ese caso la falta de información limitaba y hacia imposible que las personas comunes pudieran formularse opiniones sobre los temas de vital importancia para la época. Ahora bien, si varios de los aspectos denunciados por parte de los ilustrados fueron subsanados por los aires libertarios de la modernidad, creo sin embargo de que varios de estos problemas –con distintos matices- nos fueron dados en herencia.

Un matiz importante recae nuevamente sobre el acceso a la información. Si bien es cierto de que se experimentó una independencia de los conocimientos, éstos en algún momento del devenir de la modernidad tomaron propio cuerpo y sobre pasaron sus propios limites, perdiendo de vista muchas veces el derrotero para el que fueron creador. En ese sentido la postmodernidad heredo una crisis de las ciencias como la que describe Husserl. Sin embargo, nuestro interés temático señala un aspecto un tanto más puntual y humilde.
En ese sentido Gianni Vattimo describe como la conformación de una comunidad de los medios de comunicación como el rasgo característico de la posmodernidad. Pero que además describe como es que dicha comunidad ha dejado empeñada su credibilidad y función informativa a los beneficios de un consumo desmedido y poco constructivo. Claro ejemplo de ello es la realización televisiva del “Gran Hermano” de George Orwell.[10]

En ese sentido, observamos –como hace líneas atrás- que la fomentación del libre pensamiento ya no tenia como problema la carencia de los instrumentos de difusión informativa. Muy por el contrario, el problema se muestra paradójicamente opuesto. Ya no hablamos de restricciones ante las fuentes informativas, sino que nos encontramos frente a un torrente continuo de medios que vierten sobre las personas una cantidad –muchas veces- incontenible e inorganizable de información. Como leemos en Vattimo, dicho torrente ha perdido de vista el telos constructivo para inclinarse frente al rental poderío materialista del consumismo.
Por otro lado, encontramos una posición muy similar en un autor como Tzvetan Todorov. En ese sentido, Todorov trabaja en “Los abusos de la memoria” una postura que refleja la importancia de rescatar los sucesos trascendentales de la historia de los conflictos humanos. Rescatarla de los abusos que de ella –de la Memoria- se hacen por parte de los victimarios sobre las victimas y la historia. Por tanto, la postura a tomar es la de la conservación de los hechos históricos por medio de la denuncia, la investigación y el conocimiento. No se habla de un recordatorio perpetuo de los hechos trágicos de nuestra historia, sino una superación del determinismo de los hechos para posteriormente arrojarnos a la enseñanza y la difusión de nuestra historia personal y colectiva.

Por tanto, encontramos en Todorov una elaboración que hace de la historia y los peligros frente a una manipulación de nuestra memoria. En ese sentido el autor se centra en el abuso de poder que tuvieron los gobiernos autoritarios en la historia del pasado siglo. Hablamos de un poder que intentó borrar todo rastro de un pasado violento en contra de una minoría opositora o simplemente molesta por ser distinta. Debido a ésto, Todorov trae como ejemplo los actos cometidos por el Partido Nazi contra el pueblo judío. El victimario buscó eliminar toda huella semita en los sistematizados y despiadados procesos de aniquilamiento en los campos de concentración alemana.[11] Por tanto podríamos preguntarnos ¿cómo es que aquello acontecía sin que el resto del mundo lo supiera? Así pues, tuvieron que transcurrir los cadáveres y el tiempo hasta que alguien escapará de la muerte y denunciara los abusos que el pueblo semita había sufrido.
Todo ello, lleva a Todorov a reconocer la peligrosidad que representaba para los gobiernos autoritarios todo tipo de “reminiscencia”. Así que suprimieron cualquier intento informativo y controlaron todos lo medios de comunicación por temor a que se conozca la verdad de sus hechos. Sin embargo, la memoria ya no se enfrenta a peligros tan graves sobre la restricción de la información. De igual manera que Vattimo, Todorov resalta que la memoria se enfrenta ya no ante el amordazamiento de la información; sino frente a una sobreabundancia de ella.[12]

Así pues, hemos partido del legado de la Ilustración y la importancia del libre pensamiento, hasta los peligros que la supresión de la memoria significa -aún- en nuestra historia reciente. En ese sentido, hemos tratado de conectar la temática de los hechos bajo la importancia que tiene para toda generación: el manejo de herramientas elementales de información, para con ello posibilitar la formación de conocimientos sobre los hechos.
En efecto, si bien Kant llama al hombre de su época al despertar del adormecimiento del cual han sido victima; observamos que Todorov busca hacer lo mismo –mutatis mutandis- frente a una generación que adolece aparentemente del mismo mal. En otras palabras, hemos pasado de la falta de información a la sobre abundancia de la misma. Teniendo finalmente como resultado: la formación de individuos poco informados y limitadamente preocupados por su pertenencia a una comunidad de otros iguales a él.
Ha sido en ese sentido que hemos pensamos en la herencia que la Ilustración ha dejado a la posmodernidad. Una herencia plasmada en problemas de acceso al conocimiento, pero con las características paradójicas que ya hemos mencionado anteriormente.

Ahora bien, hemos observado las funciones que desempeñaron dos actores importantes a lo largo de este trabajo: el tutelaje eclesial y la comunidad de los medios de comunicación.
Tanto en Kant como en Hobbes, el poder de la iglesia restringía e imposibilitaba los –aún débiles- intentos por desarrollar una maquinaria que posibilitara la propagación de elementos informativos. No obstante, no buscamos mostrarlos como eternos rivales. Ya que en la posmodernidad dichos actores desempeñaron roles completamente distinto que las mencionadas líneas atrás.
En ese sentido, la Iglesia se ha mostrado en esta última etapa de nuestra historia de manera compleja.[13] Por tanto, espero se me perdone apuntar a un tema cercano a la realidad de nuestro país, pero que proyecto desde la lectura de Todorov.

“Los abusos de la memoria” debido a su contenido ha tocado las fibras más sensibles de todas aquellas sociedades que han padecido bajo el régimen de algún gobierno autoritario. Por tanto, una aplicación a nuestra historia reciente no sería del todo descabellada. Ahora bien, busco centrarme en la participación que las iglesias –católicas y no católicas- tuvieron en los 20 años de violencia.
Ahora bien, como sabemos la CVR ha resaltado el papel que tuvieron las iglesias en los poblados lejanos a la capital del país. Así, se habla de iglesias protestantes que se mantuvieron firmes al lado de los poblados en estos años de terror. De igual manera, sobresale la capacidad que mostró la iglesia católica –como las otras- para movilizar al colectivo en organizaciones civiles que velaron por la integridad de los pobladores. Sin embargo, conocido fue el triste calificativo que recibieron las organizaciones defensoras de los DDHH por parte de quien sigue siendo nuestro arzobispo. Más aún, si mencionáramos el manejo de las instituciones relacionadas a su congregación; este párrafo que tenia la intención de ser breve; sería interminable.
De este modo, he buscado ejemplificar –perdón por el optimismo- el crecimiento que la iglesia –desafortunadamente no toda- ha tenido en los 20 años de violencia política vivida en el Perú. Y ello comparándose con las imágenes que mostraron tanto Kant como Hobbes.

Por otra parte, si quisiéramos hacer lo propio con la sociedad de los medios de comunicación, encontraríamos que se muestra igual de compleja en su desarrollo.
Ha pasado de ser inmovilizado por el poderío eclesiástico mencionado por Kant, para luego mostrarse peligrosamente en la posmodernidad por Vattimo y Todorov. Sin embargo, creo que la complejidad se hace presente cuando Gianni Vattimo intentar ir más allá de la imagen burda de sobreabundancia con respecto a esta comunidad. Vattimo en ese sentido nos dice que es posible el reconocimiento de una visión distinta sobre dicho tropel informático. No verla como empobrecedora, sino como potencial palestra que de cabida a las distintas pluralidades existentes en nuestra realidad.[14]
Una pluralidad que requería de un espacio en el cual se le otorgue la palabra, el sentido recuperado de un diálogo abierto en el cual se rescate tanto la herencia racional de la ilustración, como el respeto moral y sentimental que se le debe a la comunidad humana en general.

Finalmente, creo que sería necesario recapitular las posturas presentadas a lo largo de este trabajo.
Los dos primeros momentos del ensayo versaba sobre el reconocimiento de los hombres frente al tutelaje y el reino tenebroso en la primacía del poder de la Iglesia, representación lograda con los aportes importantes de Kant y Hobbes. Ahora, concientes de la configuración histórica que separa en el tiempo a cada uno de estos autores; nos hemos permitido regresar de una postura Ilustrada a una Moderna. Ello porque nuestro estudio lejos de ser un anacronismo, se muestra suspendido en el tiempo para reconocer el ideal que tal vez debió imperar en todas las etapas de la historia: el que toda sociedad tenga el valor de pensar por sí misma.
Seguidamente, hemos buscado reconocer si otro reino de las tinieblas se ha posado nuevamente sobre la humanidad. En ese sentido, se analizó tanto el papel que desempeño la Iglesia como también el papel que cumplía la sobre abundancia informativa vertida por una sociedad de los medios de comunicación. Una distinción oscilante entre lo limitante y lo potencial frente a la liberación de las particularidades de una pluralidad social.

Por último, luego de revisar los puntos ya mencionados, nos percatamos de que el ideal de la Ilustración sigue aún pendiente, aunque de maneras muy distintas a como se las llegaron a plantear. Así, el propio Kant se pregunta en 1784:

“¿Es que vivimos en una época ilustrada? La respuesta será: no, pero sí en una época de ilustración. Falta todavía mucho para que, tal como están las cosas y considerados los hombres en su conjunto, se hallen en situación, ni tan siquiera en disposición de servirse de su propia razón en materia de religión.”[15]

De esta manera, si la preocupación por la materia religiosa la cambiásemos por los problemas actuales que limitan nuestro uso propio y valiente de razón, le otorgaríamos al discurso kantiano toda la vigencia y pertinencia de su tratado. Para posteriormente, escuchar las nuevas demandas de una comunidad mundial.


Llamadas al pie de página:
[1] Cfr. KANT, Inmanuel. ¿Qué es la Ilustración? P. 25. En: Filosofía de la historia. México. FCE. 1994.
[2] Cfr. Ibidem. p. 28
[3] Ibidem. p. 36

[4] Cfr: HOBBES, Thomas. Leviatán: La materia, forma y poder de un estado eclesiástico y civil. Madrid. Alianza editorial. 1996.
[5] Cfr: Ibidem. p. 467.
[6] Ibidem. p. 468.
[7] Ibidem. p. 530
[8] Ibidem. p. 532.
[9] Ibidem. p. 536.
[10] Cfr. VATTIMO, Gianni Posmodernidad: ¿Una sociedad transparente? P. 11-13. En: VATTIMO, G y otros En torno a la posmodernidad. Anthropos. Bogota. 1994
[11] Cfr: TODOROV, Tzvetan Los abusos de la memoria. Paidos. Barcelona. 2000. Pp. 14-13.
[12] Ibidem. P. 15.
[13] De manera compleja se mostrará también el papel de la sociedad de los medios de comunicación, cuya idea desarrollaré un tanto más adelante.
[14] Op Cit. VATTIMO. P. 18-19
[15] Cfr: KANT, Inmanuel. ¿Qué es la Ilustración? p. 34.