martes 12 de febrero de 2008

Entre Habermas y Rorty


HUMANO SOY Y NO ME COMPADEZCAS: REFLEXIONES PRAGMÁTICAS SOBRE EL ROL DE LOS FILÓSOFOS Y LOS DERECHOS HUMANOS




Filosofía de la ciencia
Kervin Manco Ponciano
Pontificia Universidad Católica del Perú

Introducción

En el presente ensayo me gustaría partir de la idea de fondo que muestra una de las piezas más representativas del cancionero criollo nacional. Con ésto me refiero al conocido vals de Luis Abanto Morales llamado “Cholo soy”. Éste nos narra un número determinado de razones por las cuales él no puede dejar de reconocer el sentido de su ser. Por todo ello, soy lo que soy y no me compadezcas diría el buen Abanto. Desde esa perspectiva, lo que busco en este trabajo es resaltar los motivos –algunos entre tantos- que hacen a uno ser conciente de su humanidad. Pero dicho tema no emana cual creación heroica, sino que se manifiesta o devela como preocupación pragmática sobre las prácticas humanas y específicamente un compromiso latente desde la realidad de los hechos; una preocupación hacia el respeto de los derechos humanos y la función que el rol filosófico asume en su reelaboración.

Así pues, en un primer momento intentaré reseñar la propuesta de Jürgen Habermas frente al compromiso de los Derechos Humanos y las aptitudes del filósofo frente a tamaño reto. Seguidamente, mostraré la postura de Richard Rorty frente a los tópicos expuestos: preocupación pragmática, DD.HH, y el papel del filósofo para finalmente conectar estas propuestas con el rescate de nuestro sentido de humanidad en una sociedad tan compleja como la nuestra.

Habermas: filosofía práctica y aplicaciones del filósofo

En el curso histórico del desarrollo de la filosofía se han manifestado discusiones o discrepancias sobre el rol o el campo de aplicación que la filosofía como disciplina ha tenido. Entre ellas, Habermas diserta frente a la teoría y la practica desde una visión contemporánea; lo cual le otorga como resultado la aplicabilidad del reflexionar filosófico como practica en asuntos humanos muy puntuales.[1]
Ello responde además al giro pragmático que sufre la pregunta filosófica por la naturaleza del ente en cuanto tal. Pregunta que se revierte posteriormente por fijar nuestros esfuerzos en el conocer qué cosas podemos hacer ahora por nosotros.

Desde esta perspectiva, la filosofía luego de observar agradecidamente el legado de una historia racional y deontológica, vira su atención hacia temas que cree de urgente interés. Así pues, sobre la lectura de Habermas intentaremos mencionar las características que tuvo este giro pragmático en su visión de la filosofía; seguidamente enumerar las aptitudes que encuentra en la formación del filósofo; para finalmente encajar dichos criterios hacia una mejor comprensión sobre los Derechos Humanos.

Ante ello, Habermas realiza un diálogo con la tradición filosófica hasta la modernidad para encontrar en dichas relaciones una inquietud preocupante. En efecto, la filosofía se desenvuelve en la cima totalizadora al entenderse como ciencia, la presunción de ser un estrecho académico por el cual todo conocimiento deberá cursar. Sin embargo, el autor encuentra en ella ciertas molestias al observarla como insensible frente a los asuntos que buscan orientar la vida de los seres humanos; pero no como elaboraciones explicativas deterministas, sino como la perspectiva de una existencia mejor vivida.[2]
Por tanto, se logra vislumbrar desde la modernidad una serie de demandas que solicitan la ejemplificación de modelos ante una vida social y personal.

Como ya hemos mencionado, la atención de nuestros criterios pasa de observar pretensiones conceptuales universalitas y totalizantes de nuestras realidades, hacia una mirada del mundo frente a fines prácticos sobre nuestras preocupaciones temporales. Y estas preocupaciones tienen como fondo a sujetos que interactúan unos con otros. Buscando organizarse para actuar de manera tal, que encuentren soluciones a sus problemas más comunes. Entre ellas, la violencia con la cual la modernidad los ha estado golpeando. De modo que el espíritu del liberalismo como alternativa política y social se enfrenta –como diría Judith Shklar- a la violencia de la época reconociendo a la crueldad como el más grande vicio del cual incurre la humanidad.[3] En ese mismo sentido el propio Rorty entenderá al espíritu del liberalismo como búsqueda por la reducción del sufrimiento y el cultivo de la libertad.

Sin embargo, Habermas describe en primer lugar cuáles son las herramientas con las que cuenta el filosofo para desenvolverse en los retos de su época. Para luego de ello presentar la importancia del problema de los Derechos Humanos.
Por tanto, se reconoce que la filosofía va despojándose del manto de falsas certidumbre que le otorgó una visión fundacionalista del conocimiento. La filosofía por ello no se cree privilegiada por sobre los demás saberes, en tal sentido se puede decir que posee ciertos criterios que le permite conectarse internamente con las demás disciplinas. Además atesora esa relación ya que sin las demás ciencias la filosofía perdería el panorama de posibilidades que las demás formas de conocimiento le proyectan.

Son estos elementos de la filosofía los que posibilitan que sus profesionales se muestren mayormente capacitados para asumir responsabilidades frente a sus asuntos prácticos. Habermas en ese sentido nos dice que el filósofo puede brindar un diagnostico critico y autocrítico desde su época. Puede realizar interpretaciones no cerradas sino pluralistas de los elementos que componen nuestra realidad. Pero lo más importante, es que puede abordar cuestiones formativas como las que necesitamos para establecer normas de convivencias justas y transferibles.[4] Antes bien, para que el filósofo pueda explorar estos campos de aplicación, es necesario que se le aseguren ciertos criterios como el de libertad de pensar y comunicar. Por ello van tan de la mano con el espíritu del liberalismos. Además de resaltar esa recíproca necesidad y complementación que desarrollan una por el otro.
Entre tanto, la política manifiesta su más urgente preocupación normativa; la de conseguir una adecuada interpretación de los Derechos Humanos. Cuando nos referimos a interpretación adecuada tenemos muy en cuenta que la actual interpretación esta siendo sobrepasada por las apatías crecientes y desequilibrantes de sus miembros. No solamente centrarse en la conformación de un derecho internacional, sino en una legislación cosmopolita que no sea restringida por determinismos de políticas internas. En ese sentido, nuestra aplicación de la filosofía tendría efectos prácticos inmediatos sobre la realidad. Dejaríamos de flotar sobre los aletargamientos dogmáticos para buscar aplicar sobre los hechos la practicidad de nuestros conocimientos: saberes transferibles, cognitivos, organizativos y proactivamente funcionales.
Por lo tanto, Habermas enfoca su atención sobre la búsqueda de un criterio que amplíe el sentido por el cual los individuos y ciudadanos de una comunidad global, puedan aceptar a otro distinto como igual al reconocerse como sujetos de derechos inalienables. Así pues, Habermas entiende esta formulación desde la suposición de que toda persona tiene derechos por el solo hecho de ser valorada como persona.[5] De esta manera reconoce las singularidades vitales y tradiciones, pero apela a nuestro carácter inmanente; nuestra humanidad.

De aquí podemos resumir las posturas desarrolladas por Habermas frente a su preocupación y compromiso por retomar a la filosofía desde el sentido practico. Desarrollando los motivos por los cuales esta llamado a pensar los problemas más latentes de su realidad. Para que a continuación elabore un perfil del filósofo como funcionario privilegiado sobre las demás ciencias. Y finalmente elaborar una propuesta normativa básica para comprender la relevancia del respeto por los Derechos de todos los seres humanos en cuanto tales. Sin embargo, si bien es cierto Habermas posee criterios falibilistas en sus concepciones, no deja de lado una visión trascendental sobre sus postulados potencialmente universalistas.

Será en ese sentido que exploraremos otro elemento argumentativo con la postura que Richard Rorty otorgó al tema bajo su fundamentación de los Derechos Humanos sobre una moral de los sentimientos.

Richard Rorty: educación sentimental y Derechos Humanos

Es reconocido el hecho de que Rorty creía en la secularización de la filosofía a favor de la primacía de los fines políticos y sociales de la practicidad. De esa manera pensaba que una vida democrática social y política desarrollada no tendría porque condicionarse a una concepción absolutista de la verdad. Así pues, desde Rorty se manifiesta la necesidad de obtener una visión responsable del mundo en el cual se excluyan todo tipo de violencia y desigualdad. Así su reconocimiento práctico lo lleva a pensar en las sociedades liberales como espacios donde se repudie toda violencia contra cualquier ser humano.

Ahora bien, si volviéramos por un momento al giro pragmático que sufrió la pregunta por el interés de la filosofía, observaremos que en Rorty el paso de la pregunta por el ente hacia lo práctico, recae en la posibilidad de hacer desde el terreno político cambios o propuestas significativas en el ámbito educativo para combatir la exclusión y la violencia. Por ello, mostraremos la propuesta rortyana de una educación basada en la moral de los sentimientos. Es así que estamos buscando aterrizar de manera más cercana y puntual los problemas que nos plantea la realidad. Proyectándolas además hacia la tematización por excelencia: una fundamentación alternativa y práctica sobre los Derechos Humanos.

Así pues, esta segunda parte busca tener el siguiente orden. En un primer momento desarrollaré de forma breve la idea de educación sentimental y algunos elementos resaltantes. Seguidamente intentaré analizar relaciones puntuales hacia las necesidades de nuestro escenario local sobre los tópicos de educación y legado cultural. Para finalmente aterrizar algunas reflexiones sobre la manera en cómo nuestra sociedad entiende el respeto por los Derechos Humanos.

En ese sentido debemos recordar que el término de “educación sentimental” es tomado por Rorty en plena concordancia de éste con el también desaparecido filósofo argentino Eduardo Rabossi.[6] Éste último presenta el deseo de implantar una “cultura de los derechos humanos”. De esa manera, Rorty describe cómo es que Rabossi cree que el manto oscuro y tenebroso de violencia vivida en los últimos dos siglos, es muestra de lo ineficaz e insuficiente de la concepción sobre los derechos humanos. Por tanto, se dirige –entre otros aspectos- a observar cómo es que los individuos han entendido a sus semejantes en los distintos periodos de conflictos armados.

Rorty señala que, en la historia de la humanidad, el hombre ha buscado diferenciarse, clasificarse o definirse de muchas maneras. Una de ellas fue el pensarse como animal racional. Sin embargo, podemos nombrar solo un par de ejemplos que mostrarían que tanto lo racional y lo humano no han permanecido juntos desde hace mucho tiempo. En ese sentido, es reconocido que los jóvenes nazis disfrutaban más el golpear a los intelectuales judíos que al resto. Por otra parte, debemos reconocer además que en la actualidad algunos de los científicos e intelectuales más ilustres de la presente época siguen brindando su apoyo a la invasión aliada contra el golpeado territorio Irakí.
Por ello, Rorty busca mostrar un nuevo camino que reconfigure las categorías de humanidad que los nuevos ciudadanos del mundo tendrían que manejar.
Así, nos hemos dado cuenta de que ni la supremacía del racionalismo ni la esperanza en una ontología suprarracional han sido suficientes para que los hombres se entiendan como iguales: sujetos poseedores a derechos inalienables. Por tanto, Rorty cree encontrar una posibilidad de solución al respecto. Nos dice que debemos esforzarnos por educar a una nueva generación de jóvenes libres de prejuicios. En los cuales ellos tengan la capacidad de ponerse en el lugar del otro; reconocerse en la figura del vencido, del diferente, del homosexual, del enemigo. Solo después de reconocerlo como igual será capaz de respetarlo como tal, respetarlo como a un ser querido.[7] Esto solo será posible si enrumbamos nuestras baterías hacia una educación que resalte la importancia de la carga afectiva y sentimental. Pero además, sin descuidar las experiencias que la tradición nos pueda brindar.

Ahora bien, para lograr una generación de jóvenes tolerantes es necesario que ellos tengan garantizados dos aspectos esenciales diría Rorty en concordancia con el moralista Colin McGinn.[8] Uno de ellos es la idea de seguridad, con ésto se refiere a la liberación de prejuicios que limiten el reconocimiento en el otro, es decir que debemos asegurarles los espacios indicados para desarrollar capacidades liberales. El segundo aspecto recae sobre la idea de simpatía, con ello nos referimos a las aptitudes que generan las artes en general. Por ejemplo, aquellos sentimientos que afloran cuando alguien se reconoce en la escenificación de una tragedia y en la figura del vencido. En ese sentido, la educación sentimental será acogida solo si el receptor es capaz de representarse en lo que ve: en la apertura de su mundo afectivo y la bienvenida hacia el otro.

Ahora bien, la escenificación de una tragedia es solo un ejemplo. Entre ello podría tener el mismo fin la poesía, la pintura, un documental, una película o una escultura. En pocas palabras, toda manifestación artista, humana y cultural que busque comunicar algo.

A causa de ello, espero se me permita remitirme a un lamentable hecho acontecido en nuestro escenario local. Me refiero al cobarde atentado que sufrió “El ojo que llora”, escultura que fue levantado en la Alameda de la memoria.[9] Debido a este hecho, se develó una suerte de polémica sobre este acontecimiento y su relevancia en la agenda política del país.[10] Por tanto, mientras algunas personas pensaban que este atentado contra nuestra memoria no debía gozar de mucha atención; muy por el contrario, algunos estamos plenamente convencidos de que el legado cultural de un país merecía la misma atención de un estado respetuoso de su memoria histórica.
Debido a ello se me preguntó: “¿Qué relación tiene el legado cultural de un país con El ojo que llora?” Ante ello, seguidamente buscaré esbozar una respuesta al respecto.

En principio me gustaría partir de un aspecto que noto resaltante sobre la educación. Con ello me referiré a uno de sus objetivos, que sería el de transmitir conocimientos: establecer las bases de una memoria y hacer de lo adquirido perdurable en el individuo para que en situaciones futuras éstos le sean de ayuda.
Ahora bien, varios de nosotros estaríamos de acuerdo con el hecho de que la vieja escuela se ha visto superada en la actualidad por las limitaciones de su método. En ese sentido, me permito hablar de una herramienta que por su vitalidad trasmite un mensaje de muchas formas, verbales y no verbales: el arte.

Una de las funciones vitales del arte es la de buscar comunicarnos algo. Posee por tanto todos los métodos, armas, mecanismos y créditos para hacerlo. Algo que una visión sesgada de lo escrito y lo verbal no pueden hacer por su estricto carácter delimitado y académico. Muy por el contrario, el arte nos habla a todos, en todas las lenguas y de todas las maneras; siempre nos dice algo porque está vivo.[11] Por tanto, no encuentro mejor recordatorio para la humanidad que la plasmación de una parte de su historia en una obra de arte.
Por ello me atreveré a decir que el legado histórico y cultural de una comunidad no se encuentra resumido y congelado solo en los cánones estrictos de los libros de historia. En ese sentido, si no accedemos a herramientas que recuperen y preserven el sustento de nuestra memoria; correremos el peligro de que una historia y un legado no elaborados tengan como consecuencia la repetición de sus errores y el olvido de sus aciertos.

De esta forma, todos aquellos que apoyamos y participamos en la labor de la CVR celebramos que la tarea de la comisión no haya finalizado con la elaboración de los documentos, las conclusiones y recomendaciones sobre los años de terror que sufrió nuestro país. La creación de La alameda de la memoria, por tanto, buscó perdurar -por medio del arte- parte de nuestra historia reciente. Así pues, un ataque hacia ella es un ataque contra la memoria de nuestro pueblo, padres, esposos, hermanos o amigos que perdieron a un ser querido en aquellos años de conflicto. Una falta que muchos no quisieron dejar pasar por alto.

Es importante reconocer que en toda manifestación humana se busca representar algo, comunicar un mensaje, una historia que compartir. En ese sentido, la propuesta de Rorty se dirigía a una educación sentimental que tenga como base este tipo de aprehensión de los conocimientos. Es decir, una propuesta formativa focalizada en una nueva generación de jóvenes libres de prejuicios y con la libertad de escuchar y visualizar al otro como igual. Por tanto, me pregunto: ¿Qué elementos se han interpuesto entre nuestra humanidad y nuestra capacidad de ver al otro tan igual como uno? ¿Por qué se nos es tan difícil compadecernos del otro? ¿Por qué nos preocupó el terrorismo solo cuando llegó a Lima y no cuando asolaba el interior del país? ¿Qué pasaba en nosotros cuando se acribillaba a gente inocente en una quinta de los Barrios Altos? ¿Por qué no nos indigna un ataque brutal contra la memoria de los desaparecidos en los años de terror? ¿Qué es lo que nos ha ocurrido en los últimos años que estamos tan bien encaminados en la senda de un olvido sin sentido[12]?

Ahora bien, podemos reconocer sin esfuerzo que en la actualidad nuestras preocupaciones circulan más sobre efímeras actualidades tecnológicas, en un apetito por la sobreabundancia y el consumo que sobre lo humano. Preocupación que es además el móvil inicial del presente trabajo.
Por tanto, nombraré algunos ejemplos que sostengan el diagnostico con el que se dio inicio a este párrafo: En el último discurso por fiestas patrias del presidente García, nada se dijo sobre las recomendaciones de la CVR pero sí mucho sobre la creciente demanda en telefonía celular; poco se piensa en el bienestar de los pobladores de una zona con gran potencial minero, pero sí en lo rentable de la extracción; ninguna preocupación por la seguridad de los moradores y los efectivos policiales destacados en las zonas de alto riesgo como Ocobamba, pero si en falacias que maquillen la incompetencia de los responsables; poca efectividad en los programas de reconstrucción de los pueblos del sur afectados por el pasado terremoto; currículas escolares que desconocen nuestra historia reciente de violencia política y social; carencias afectivas para compadecerse del llanto de una madre que perdió a su hijo en la maletera de un patrullero y ahora solo pide justicia; institutos y universidades que solo se preocupan por ganar dinero y no en formar seres humanos, profesionales responsables de un mundo en crisis. Hablamos de la prolongación de nuevas generaciones de profesionales que se preocupan más por ser exitosos, que por respetar y reconocer al otro como igual. Estamos en camino a formar una suerte de archipiélagos y no una comunidad que avance junta frente a los retos de la postmodernidad. Sin embargo, es necesario recalcar que no busco superponer una visión sobre la otra, sino más bien encontrar la forma para que estas posiciones se vuelvan a integrar.[13] Tener en cuenta que la idea de “buenos seres humanos”, no se contrapone con la de “buenos hombres exitosos”.


Así pues, todos estos ejemplos presentan –de alguna forma- una carencia en nuestras estructuras mentales sobre lo humano en los demás. De esta manera, el proyecto de una educación sustentada en una moral de los sentimientos buscaría abordar respuesta a los últimos ejemplos mencionados.

Finalmente, me gustaría remitirme de nuevo sobre la mención de lo acontecido con “El ojo que llora”. Al respecto ha habido muchos críticos tanto frente a la labor de la CVR como a la promulgación de sus conclusiones. Entre ellos, políticos y empresarios que, sin conocer el contenido del informe final de la CVR, se arrojaron furiosamente a la crítica de la misma. Conjuntamente hicieron lo propio algunos –por suerte pocos- medios de comunicación que mal informaron a un sector de la ciudadanía. Suerte similar corrió la decisión de construir una “Alameda de la memoria”. Pues, el problema se centra en lo siguiente: como muchos sabrán, el “Ojo que llora” se encuentra rodeado por pequeñas piedras que tienen inscritas el nombre de muchas de las víctimas de la violencia en nuestro país. Entre ellas, se encuentran reposando piedras sin inscripción[14] y también 41 de estas piedras con los nombres de los terroristas ejecutados extra judicialmente en un centro penitenciario. Este último suceso ha servido para que tanto a los comisionados, participantes y simpatizantes del trabajo realizado por la CVR se nos critique y califique como “pro-terroristas”.

Esta acusación se hizo más brutal cuando varios delincuentes redujeron al guardián de La alameda de la memoria, y posteriormente golpearon de manera salvaje el monumento y pintaron los espacios de color naranja; el color del partido del extraditado Alberto Fujimori. Así pues, el discurso de los congresistas fujimoristas calificó de valiente dicho atentado contra nuestra memoria y buscaron justificarse al señalar la construcción como “pro-terrorista” nuevamente. A consecuencia de ello, es que me permito reflexionar sobre lo que estamos entendiendo por la defensa de los Derechos Humanos. –espero se perdone el extenuado preámbulo-

Más allá de lo que exponen los 30 artículos de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, los entendemos como un conjunto de “derechos iguales e inalienables de todos los miembros de la familia humana”[15] o, como diría Richard Rorty, el derecho que tiene en sí todo “bípedo implume”. De esta manera, se habla de la igualdad no jurídica fundamental que tienen todos los seres humanos.

Ahora bien, si nos remitimos nuevamente al caso de los 41 subversivos asesinados extrajudicialmente, sería poco honesto de nuestra parte no reconocerlos como sujetos a esos mismos derechos. Eso si, sin ignorar que aquellos derechos fueron los mismo que negaron a los miles de campesinos que asesinaron. Sin embargo, estas 41 personas debían gozar del derecho en mención, por algo dichos beneficios son universales. Pero además, era necesario saber que varias de esas personas no habían sido reconocidas como responsables directos de los cargos que se les sindicaban. Finalmente y como reconocimiento de error, algunos de ellos fueron absueltos por el poder judicial, ya que no todos eran culpables.
Respecto a todo lo dicho, debemos resaltar que NO buscamos hacer una apología al terrorismo pero, si los encarcelados estaban desarmados y rendidos, una ejecución extrajudicial no era más que una flagrante violación a los derechos humanos. Por tanto, las piedras con sus nombres en La alameda de la memoria no se encuentran del todo mal ubicadas. Ese santuario es entonces el recordatorio de que estamos en contra de todo tipo de violencia. Sin embargo, los hechos más recientes nos muestran que racionalmente no nos encontramos preparados para reconocer ese ápice de igualdad que guarda todo ser humano. ¿Es que acaso somos incapaces de reconocernos en el vencido? ¿En el niño que fue raptado por una ideología violenta y destructiva? ¿En la esposa del policía que lo esperaba todas las noches con el corazón en la boca? ¿En los padres que nunca vieron regresar al hijo por la noche? Es pues, La alameda de la memoria un recordatorio vivo de todos ellos.

Por lo tanto, podemos decir que una educación sentimental buscaría promover el cultivo de la empatía por medio de capacidades representativas y reflexivas de lo experimentado y lo real. Con ello se asume un compromiso por el cuidado de la vida y dignidad de quienes no son iguales a nosotros.
Desde un sentido primario podemos percibir que entre la postura Habermasiana y la rortyana, concuerdan en la importancia del giro práctico de la filosofía sobre nuestras responsabilidades sociales. Pero en otro sentido, existe un elemento que los separa. Bien es cierto que sus motivaciones los llevan a centrarse en la misma preocupación: una significación abarcante sobre los Derechos Humanos. Sin embargo la propuesta de Habermas implica criterios universalistas y trascendentales en sus postulados. Pero por el caso de Rorty, vemos que el único criterio universalista es la construcción de un sustrato moral que configure toda participación empática en un mundo compartido.[16]

Hablamos entonces de una moral de los sentimientos que se convierte en una posibilidad que intenta darle sentido a nuestro ser humano consciente y responsable, pero no en soledad sino en una comunidad de ciudadanos que se comunican y que apuestan por el diálogo y no por las armas; por el acuerdo y no por el conflicto; por el sentido y no por la barbarie; por una educación en valores y no solo una tecnificación del conocimiento; por artes que liberen y no que sometan; por la materialización de la justicia y no de la impunidad ¿Es que acaso no somos lo suficientemente maduros para reconocer ésto?... Humano soy y no me compadezcas.


Llamadas al pie de páginas:
[1] Cfr. HABERMAS, Jürgen Una vez más: sobre la relación entre teoría y praxis. En: Habermas, J. Verdad y justificación. Trotta. Madrid. 2002
[2] Ibidem. P. 312.
[3] Cfr: SHKLAR, Judith Vicios ordinarios México, FCE. 1990. Cfr. asimismo su agudo artículo "El Liberalismo del miedo". En: Rosenblum, Nancy El liberalismo y la vida moral. Nueva Visión. Buenos Aires 1993; pp. 25-40.
[4] Op cit. Habermas. P. 318.
[5] Ibidem. P. 320
[6] Cfr. RORTY, Richard Verdad y Progreso. Barcelona. Paidos. 2002. Pp. 219-242.
[7] Esta idea presente desde la lectura de Rorty guarda enorme relación con una advertencia mostrada por Habermas. Éste último nos decía que los consensos no son posibles si solo se toman desde meros convencimientos, ya que una verdadera y sentida comunicación se da siempre y cuando existan relaciones de simetría y reconocimiento de unos sobre otros. Cfr. Op cit. Habermas. P. 319
[8] Cfr: McGINN, Colin Moral literacy: or, How to do the right thing, Londres. Duckworth. 1992.
[9] Monumento que se levantó en conmemoración de todas las victimas de la violencia política y social vivida en las últimas décadas en nuestro país.
[10] La polémica se instauró ya que eran muy recientes los trágicos acontecimientos sísmicos en el sur chico de nuestro país. Por ello se creía que el ataque contra nuestra memoria –expresado en una escultura- no debía gozar de mucha importancia.
[11] Parto evidentemente de las elaboraciones ontológicas del arte en Hans-George Gadamer. Cfr: Verdad y método o también el articulo de DOMINGUEZ HERNÁNDEZ, Javier El arte como lenguaje. Pp. 4-22. En: Areté. Vol. III. N. 1. Lima. PUCP.1991.

[12] Cuando digo olvido sin sentido, me refiero a una vacía supresión de los recuerdos, sin ningún sustento psicoanalítico que permita un aprendizaje de nuestras experiencias pasadas para luego ser progresivamente olvidadas. Cfr: TODOROV, Tzvetan Los abusos de la memoria. Paidos. Barcelona. 2000. Pp. 14-13
[13] La misma visión integradora que debería tener lo sentimental y racional sobre la educación. Sobrepasar la lectura de una exclusividad de lo sentimental y proponer conjuntamente con lo racional un nuevo derrotero.
[14] Muchas piedras no tiene nombres ya que varias de las víctimas no tenían documentos de identidad o algunos no se encontraban siquiera inscritos en registro alguno que permitiese posteriormente identificarlos. Ya sea porque el tramite era costoso, o porque simplemente los brazos del Estado no llegaban a reconocerlos como ciudadanos sujetos de derecho. Suceso que va en contra del espíritu del liberalismo mostrado por Rorty y Habermas.
[15] La Declaración Universal de los Derechos Humanos fue aprobada el 10 de diciembre de 1948 por la Asamblea general de las Naciones Unidas.
[16] Propuesta arrojada concientemente a los cambios significativos que pueda sufrir dicha postura. Consciente de partir desde una realidad establecida y con los datos históricos y culturales con los que disponía. Admitirá por tanto criticas y halágos.