lunes 25 de febrero de 2008

El legado cultural y los Derechos Humanos


HUMANO SOY Y NO ME COMPADEZCAS: REFLEXIONES SOBRE LA EDUCACIÓN, EL LEGADO CULTURAL Y LOS DERECHOS HUMANOS.

Kervin Manco Ponciano
Diplomado en Humanidades por la Escuela Superior de
Pedagogía, Filosofía y Letras Antonio Ruiz de Montoya
Y bachiller en filosofía por la Pontificia Universidad Católica del
Perú.

El conocido vals de Luis Abanto Morales nos ha narrado un número determinado de razones por las cuales él no puede dejar de reconocer el sentido de su ser. Por todo ello, soy lo que soy y no me compadezcas diría el buen Abanto. Desde esa perspectiva, lo que busco en este breve ensayo es resaltar los motivos –algunos entre tantos- que hacen a uno ser conciente de su humanidad. Ahora bien, seguro usted pensará que ser humano es muy obvio; sin embargo la violencia política, social y tecnológica como también la frialdad del nuevo culto al consumismo nos dicen lo contrario. Reconocer lo humano en el otro no es tan fácil de aprehender como se pensaba.
Por ello, observo que uno[1] de los medios para llevar a cabo esta importante tarea no es otra que la educación. Pero hablo de un criterio formativo en general y no específicamente de los estratos escolares y superiores.

En este sentido, intentaré en un primer momento mostrar la concepción de una “educación de los sentimientos” como propuesta en nuestros variables sistemas educativos. En un segundo momento, presentar la relación existente entre el papel de la educación, la relevancia del legado cultural de un país y el entroncamiento de ello con el respeto hacia el otro. Para finalmente, intentar hablar sobre la importancia de los Derechos Humanos en una sociedad tan susceptible –al respecto- como la nuestra.

Una Educación Sentimental

El término de “educación sentimental” lo extraigo del norteamericano Richard Rorty en plena concordancia de éste con el también desaparecido filósofo argentino Eduardo Rabossi.[2] Éste último presenta el deseo de implantar una “cultura de los derechos humanos”. En ese sentido, Rorty describe cómo es que Rabossi cree que el manto oscuro y tenebroso de la violencia vivida en los últimos dos siglos, es muestra de lo ineficaz e insuficiente del concepto de derechos humanos. Por tanto, se dirige –entre otros aspectos- a observar cómo es que los individuos han entendido a sus semejantes en los distintos periodos de conflictos armados.

Rorty señala que, en la historia de la humanidad, el hombre ha buscado diferenciarse, clasificarse o definirse de muchas maneras. Una de ellas es el pensar al hombre como animal racional. Sin embargo, podemos nombrar solo un par de ejemplos que mostrarían que lo racional y lo humano no han permanecido juntos desde hace mucho. En ese sentido, los jóvenes nazis disfrutaban más el golpear a los intelectuales judíos que al resto. Además, en la actualidad debemos reconocer que algunos de los científicos e intelectuales más ilustres siguen apoyando la invasión aliada contra el golpeado territorio Irakí.
Por ello, Rorty busca mostrar un nuevo camino que reconfigure las categorías de humanidad que nuestros nuevos ciudadanos del mundo tendrán que manejar. Así, nos hemos dado cuenta de que ni la supremacía del racionalismo ni la esperanza en una ontología suprarracional[3] han sido suficientes para que los hombres se entiendan como iguales: sujetos poseedores a derechos inalienables. Por tanto, Rorty cree encontrar una posibilidad de solución al respecto. Nos dice que debemos esforzarnos por educar a una nueva generación de jóvenes libres de prejuicios. En los cuales ellos tengan la capacidad de ponerse en el lugar del otro; reconocerse en la figura del vencido, del diferente, del homosexual, del enemigo. Solo después de reconocerlo como igual será capaz de respetarlo como tal, respetarlo como a un ser querido. Esto será posible si enrumbamos nuestras baterías hacia una educación que resalte la importancia de la carga afectiva y sentimental.

La educación y el legado cultural

Para lograr una generación de jóvenes tolerantes es necesario que ellos tengan garantizados dos aspectos esenciales diría Rorty en concordancia con el moralista Colin McGinn.[4] Uno de ellos es la idea de seguridad, con ésto se refiere a la liberación de prejuicios que limiten el reconocimiento en el otro, es decir que debemos asegurarles los espacios indicados para desarrollar capacidades liberales. El segundo aspecto recae sobre la idea de simpatía, con ello nos referimos a las aptitudes que generan las artes en general. Por ejemplo, aquellos sentimientos que afloran cuando alguien se reconoce en la escenificación de una tragedia. En ese sentido, la educación sentimental será acogida solo si el receptor es capaz de representarse en lo que ve: en la apertura de su mundo afectivo y la bienvenida hacia el otro.

Ahora bien, la escenificación de una tragedia es solo un ejemplo. Entre ello podría tener el mismo fin la poesía, la pintura, un documental, una película o una escultura. En pocas palabras, toda manifestación artista, humana y cultural que busque comunicar algo.
A causa de ello, espero se me permita remitirme a un lamentable hecho acontecido en nuestro escenario local. Me refiero al cobarde atentado contra “El ojo que llora”, escultura que se levantó en la Alameda de la memoria.[5] Debido a este hecho, se develó una suerte de polémica sobre este acontecimiento y su relevancia en la agenda política del país.[6] Por tanto, mientras algunas personas pensaban que este atentado contra nuestra memoria no debía gozar de mucha atención; muy por el contrario, algunos estamos plenamente convencidos de que el legado cultural de un país merecía la misma atención de un estado respetuoso de la memoria histórica de una nación.
Debido a ello se me preguntó: “¿Qué relación tiene el legado cultural de un país con El ojo que llora?” Por lo tanto, seguidamente buscaré esbozar una respuesta al respecto.

En principio me gustaría partir de un aspecto que noto resaltante sobre la educación. Con ello me referiré a uno de sus objetivos, que sería el de transmitir conocimientos: establecer las bases de una memoria, hacer de lo adquirido perdurable en el individuo para que en situaciones futuras éstos le sean de ayuda.
Ahora bien, varios de nosotros estaríamos de acuerdo con el hecho de que la vieja escuela se ha visto superada en la actualidad por las limitaciones de su método. En ese sentido, me permito hablar de una herramienta que por su vitalidad trasmite un mensaje de muchas formas, verbales y no verbales: el arte.

Una de las funciones vitales del arte es la de buscar comunicarnos algo. Posee por tanto todos los métodos, armas, mecanismos y créditos para hacerlo. Algo que una visión sesgada de lo escrito y lo verbal no pueden hacer por su estricto carácter delimitado y académico. Muy por el contrario, el arte nos habla a todos, en todas las lenguas y de todas las maneras; siempre nos dice algo porque está vivo.[7] En ese sentido, no encuentro mejor recordatorio para la humanidad que la plasmación de una parte de su historia en una obra de arte.
Por ello me atrevería a decir que el legado histórico y cultural de una comunidad no se encuentra resumido y congelado solo en los cánones estrictos de los libros de historia. En ese sentido, si no accedemos a herramientas que recuperen y preserven el sustento de nuestra memoria; correremos el peligro de que una historia y un legado no elaborados tengan como consecuencia la repetición de sus errores y el olvido de sus aciertos.
De esta forma, todos aquellos que apoyamos y participamos en la labor de la CVR celebramos que la tarea de la comisión no haya finalizado con la elaboración de los documentos, las conclusiones y recomendaciones sobre los años de terror que sufrió nuestro país. La creación de La alameda de la memoria, por tanto, buscó perdurar -por medio del arte- parte de nuestra historia reciente. Así pues, un ataque hacia ella es un ataque contra la memoria de nuestro pueblo, padres, esposos, hermanos o amigos que perdieron a un ser querido en aquellos años de conflicto. Una falta que muchos no quisieron dejar pasar por alto.

En toda manifestación humana se busca representar algo, comunicar un mensaje, una historia que compartir. En ese sentido, la propuesta de Rorty se dirigía a una educación sentimental que tenga como base este tipo de aprehensión de los conocimientos. Es decir, una propuesta formativa focalizada en una nueva generación de jóvenes libres de prejuicios y con la libertad de escuchar y visualizar al otro como igual. Por tanto, me pregunto: ¿Qué elementos se han interpuesto entre nuestra humanidad y nuestra capacidad de ver al otro tan igual como uno? ¿Por qué se nos es tan difícil compadecernos del otro? ¿Por qué nos preocupó el terrorismo solo cuando llegó a Lima y no cuando asolaba el interior del país? ¿Qué pasaba en nosotros cuando se acribillaba a gente inocente en una quinta de los Barrios Altos? ¿Por qué no nos indigna un ataque brutal contra la memoria de los desaparecidos en los años de terror? ¿Qué es lo que nos ha ocurrido en los últimos años que estamos tan bien encaminados en la senda del olvido sin sentido[8]?

Ahora bien, podemos reconocer sin esfuerzo que en la actualidad nuestras preocupaciones circulan más sobre efímeras actualidades tecnológicas, en un apetito por la sobreabundancia y el consumo que sobre lo humano. Preocupación que es además el móvil inicial del presente trabajo.
Por tanto, nombraré algunos ejemplos que sostengan el diagnostico con el que se dio inicio a este párrafo: En el último discurso por fiestas patrias del presidente García, nada se dijo sobre las recomendaciones de la CVR pero sí mucho sobre la creciente demanda en telefonía celular; poco se piensa en el bienestar de los pobladores de una zona con gran potencial minero, pero sí en lo rentable de la extracción; ninguna preocupación por la seguridad de los moradores y los efectivos policiales destacados en las zonas de alto riesgo como Ocobamba, pero si en falacias que maquillen la incompetencia de los responsables; poca efectividad en los programas de reconstrucción de los pueblos del sur afectados por el pasado terremoto; currículas escolares que desconocen nuestra historia reciente de violencia política y social; carencias afectivas para compadecerse del llanto de una madre que perdió a su hijo en la maletera de un patrullero y ahora solo pide justicia; institutos y universidades que solo se preocupan por ganar dinero y no en formar seres humanos, profesionales responsables de un mundo en crisis. Hablamos de la prolongación de nuevas generaciones de profesionales que se preocupan más por ser exitosos, que por respetar y reconocer al otro como igual. Estamos en camino a formar una suerte de archipiélagos y no una comunidad que avance junta frente a los retos de la postmodernidad. Sin embargo, es necesario recalcar que no busco superponer una visión sobre la otra, sino más bien encontrar la forma para que estas posiciones se vuelvan a integrar.[9] Tener en cuenta que la idea de “buenos seres humanos”, no se contrapone con la de “buenos hombres exitosos”.

Así pues, todos estos ejemplos presentan –de alguna forma- una carencia en nuestras estructuras mentales sobre lo humano en los demás. De esta manera, el proyecto de una educación sustentada en una moral de los sentimientos buscaría abordar respuesta a los últimos ejemplos mencionados.


Derechos Humanos, muchos dedos en la llaga

Me gustaría remitirme nuevamente sobre la mención de lo acontecido con “El ojo que llora”. Al respecto han habido muchos críticos tanto frente a la labor de la CVR como a la promulgación de sus conclusiones. Entre ellos, políticos y empresarios que, sin conocer el contenido del informe final de la CVR, se arrojaron furiosamente a la crítica de la misma. Conjuntamente hicieron lo propio algunos –por suerte pocos- medios de comunicación que mal informaron a un sector de la ciudadanía. Suerte similar corrió la decisión de construir una “Alameda de la memoria”. Pues el problema se centra en loo siguiente: como muchos sabrán, el “Ojo que llora” se encuentra rodeado por pequeñas piedras que tienen inscritas el nombre de muchas de las víctimas de la violencia en nuestro país. Entre ellas, se encuentran reposando piedras sin inscripción[10] y también 41 de estas piedras con los nombres de los terroristas ejecutados extra judicialmente. Este último suceso ha servido para que tanto a los comisionados, participantes y simpatizantes del trabajo realizado por la CVR se nos critique y califique como “pro-terroristas”.

Esta acusación se hizo más brutal cuando varios delincuentes redujeron al guardián de La alameda de la memoria, y posteriormente golpearon de manera salvaje el monumento y pintaron los espacios de color naranja; el color del partido del extraditado Alberto Fujimori. Así pues, el discurso de los congresistas fujimoristas calificó de valiente dicho atentado contra nuestra memoria y buscaron justificarse al señalar la construcción como “pro-terrorista” nuevamente. A consecuencia de ello, es que me permito reflexionar sobre lo que estamos entendiendo por la defensa de los Derechos Humanos.

Más allá de lo que exponen los 30 artículos de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, los entendemos como un conjunto de “derechos iguales e inalienables de todos los miembros de la familia humana”[11] o, como diría Richard Rorty, el derecho que tiene en sí todo “bípedo implume”. En sí, se habla de la igualdad jurídica fundamental que tienen todos los seres humanos.

Ahora bien, si nos remitimos nuevamente al caso de los 41 subversivos asesinados extrajudicialmente, sería poco honesto de nuestra parte no reconocerlos como sujetos a esos mismos derechos. Eso si, sin ignorar que aquellos derechos fueron los mismo que negaron a los miles de campesinos que asesinaron. Sin embargo, estas 41 personas debían gozar del derecho en mención, por algo dichos beneficios son universales. Pero además, era necesario saber que varias de esas personas no habían sido reconocidas como responsables directos de los cargos que se les sindicaban. Finalmente y como reconocimiento de error, algunos de ellos fueron absueltos por el poder judicial, ya que no todos eran culpables.

Respecto de todo lo dicho, debemos resaltar que NO buscamos hacer una apología al terrorismo pero, si los encarcelados estaban desarmados y rendidos, una ejecución extrajudicial no era más que una flagrante violación a los derechos humanos. Por tanto, las piedras con sus nombres en La alameda de la memoria no se encuentran del todo mal ubicadas. Ese santuario es entonces el recordatorio de que estamos en contra de todo tipo de violencia. Sin embargo, los hechos más recientes nos muestran que racionalmente no nos encontramos preparados para reconocer ese ápice de igualdad que guarda todo ser humano. ¿Es que acaso somos incapaces de reconocernos en el vencido? ¿En el niño que fue raptado por una ideología violenta y destructiva? ¿En la esposa del policía que lo esperaba todas las noches con el corazón en la boca? ¿En los padres que nunca vieron regresar al hijo por la noche? Es pues, La alameda de la memoria un recordatorio vivo de todos ellos.

En ese sentido, una moral de los sentimientos se convierte en una posibilidad que intenta darle sentido a nuestro ser en el mundo, pero no en soledad sino en una comunidad de humanos que se comunican y que apuestan por el diálogo y no por las armas; por el acuerdo y no por el conflicto; por el sentido y no por la barbarie; por una educación en valores y no solo una tecnificación del conocimiento; por artes que liberen y no que sometan; por la materialización de la justicia y no de la impunidad ¿Es que acaso no somos lo suficientemente maduros para reconocer ésto?... Humano soy y no me compadezcas.




Llamadas al pie de página:
[1] Léase “uno” en este ensayo con la seguridad de que no me encierro en unívocos, sino que menciono solo una manera entre tantas de ver el mundo, sus problemas y soluciones; el horizonte de sentido permanece siempre abierto.
[2] Cfr. RORTY, Richard Verdad y Progreso. Barcelona. Paidos. 2002. Pp. 219-242.
[3] Nos referimos a las concepciones divinas que se tienen respecto de la religión
[4] Cfr: McGINN, Colin Moral literacy: or, How to do the right thing, Londres. Duckworth. 1992.
[5] Monumento que se levantó en conmemoración de todas las victimas de la violencia política y social vivida en las tres últimas décadas en nuestro país.
[6] La polémica se instauró ya que eran muy recientes los trágicos acontecimientos sísmicos en el sur chico de nuestro país. Por ello se creía que el ataque contra nuestra memoria –expresado en una escultura- no debía gozar de mucha importancia.
[7] Para más información al respecto se podrían consultar los escritos de Hans-George Gadamer sobre la ontología del arte. “Verdad y método” y otros ensayos suyos sobre estética.
[8] Cuando digo olvido sin sentido, me refiero a una vacía supresión de los recuerdos, sin ningún sustento psicoanalítico que permita un aprendizaje de nuestra experiencias pasadas para luego ser progresivamente olvidadas
[9] La misma visión integradora que debería tener lo sentimental y racional sobre la educación. Sobrepasar la lectura de una exclusividad de lo sentimental y proponer conjuntamente con lo racional un nuevo derrotero.
[10] Muchas piedras no tiene nombres ya que varias de las víctimas no tenían documentos de identidad o algunos no se encontraban siquiera inscritos en registro alguno que permitiese posteriormente identificarlos. Ya sea porque el tramite era costoso, o porque simplemente los brazos del Estado no llegaban a reconocerlos como ciudadanos sujetos de derecho.
[11] La Declaración Universal de los Derechos Humanos fue aprobada el 10 de diciembre de 1948 por la Asamblea general de las Naciones Unidas.