martes 20 de mayo de 2008

Michael Foucault y el caos vehicular: “El gran encierro” recargado.


¿Podríamos imaginar a Michael Foucault en medio del tráfico limeño y en hora punta? Seguramente nos costaría un poco de trabajo pensar que dicho pensador europeo cruzaría las calles de Lima en plena descarga vehicular. Pero lo que si seria poco difícil es que dicho filósofo pensara sobre las causas de dicha congestión. Primero porque no es nada complicado pensar que estos cambios atrasados son los frutos poco planificados con motivo del APEC. Segundo, porque cuando uno esta estancado en el auto, la combi o el taxi...pues se tiene mucho tiempo para pensar.

Ahora bien, me gustaría precisar el motivo que me lleva a pensar en un filósofo como el mencionado. Como algunos de ustedes sabrán, Foucault escribió “El gran encierro”.
Aquí dicho autor menciona cómo la sociedad europea del siglo clásico trató el problema de los orates e indigentes -entre otros- que rondaban por las calles de las prosperas urbes del viejo continente. Así pues, no se encontró mejor remedio para este mal que la de encerrar a todos estos indigentes en grandes complejos a las afueras de la ciudad. Ahora bien ¿qué motivaciones llevaron a las autoridades de aquel entonces a cometer dichos encarcelamientos? ¿acaso solo el bienestar del ornato esta detrás de esta maquinaria que puede pasar por encima del bienestar de los otros?

La respuesta a la última pregunta tal vez sea afirmativa, sin embargo la intención que motivaron aquellos actos fue distinta. Así pues, los personajes adinerados y pudientes de aquel entonces apelaban a lo desagradable que significaba el encontrarse en las calles y cara a cara con tan triste espectáculo. Sin embargo ello solo enmascaraba un gran temor disfrazado en desprecio. Es que el encontrarse con el pobre o con el loco era encontrarse con la posibilidad de que ellos - los adinerados- no eran inmunes a ese tipo de desgracia. Por tanto, el encierro de aquella triste realidad se convirtió en una consigna de desarrollo

De esa manera y para nuestra realidad actualmente, creo que las decisiones que han tomado los gobiernos locales -como aquella de limpiar toda sombra de pobreza- responden a muchos intereses; el ocultar la realidad y algunos indicadores de pobreza, no aceptar nuestra poca pericia al frente de los programas sociales sostenibles, reconocer nuestra terrible capacidad organizativa y administrativa entre otras más. Con esto no quiero decir que la comisión organizadora de la mencionada cumbre esté realizando un encierro a la escala descrita por Foucault, pero tan lejos tampoco se encuentra de ello.

Es aquí donde buscaré volcar mi indignación como ciudadano de esta Lima nuestra. ¿Por qué esperar a que vengan comitivas extranjeras para que nuestra ciudad reciba las modificaciones y cuidados que muchos de nosotros vamos por años denunciando? ¿Es que acaso los peruanos de por sí no somos sujetos a ese tipo de beneficios? Ahora bien, los hechos nos han demostrado que el problema no proviene de la escases de recursos sino de las voluntades políticas. Aquellas malas voluntades que enceguecen el juicio y no permiten ver más allá de la propia conveniencia.
Así pues, continuaremos gobernados por estas voluntades; las mismas que poco les importa el bien común, la satisfacción pública del desarrollo de nuestras comunidades y la renovación de los espacios públicos de las zonas urbano-populares y no solamente del centralismo cosmopolita

Es por ello que nos encontramos en contra de toda solución ficticia, ya que el voto que emite la democracia representativa es muy real, y busca por tanto funcionarios con voluntades reales que promuevan el desarrollo de nuestras comunidades. Tal vez ya sea hora de darnos cuenta de que una democracia representativa no es del todo suficiente sin una cultura demócrata participativa, con voluntad empática, propuesta y decisión.