
La sombra del antisemitismo
Muchos de nosotros seguramente habremos escuchado en algún momento la palabra “antisemitismo”. Ello ya sea por nuestros conocimientos históricos o por las múltiples incursiones que ha hecho el séptimo arte sobre uno de los episodios más tristes que haya conocido la humanidad. En ese sentido el término responde al rechazo hacia el pueblo semita; a gran parte de la historia de los judíos.
Ahora bien, cuando pensamos en esta triste página de nuestra historia, la entendemos como pasada y finalizada. Sin embargo, algunos comentarios llamaron - o debería decir “alarmaron”- mi atención de sobre manera.
Así pues, el acontecimiento de sobresalto al que hago mención corresponde a los hechos del también triste 9/11. En ese sentido, el quiebre de un respetuoso silencio se produce cuando escucho que varios ciudadanos norteamericanos -también inmigrantes de segunda generación- creen poderosamente que los judíos se encuentran detrás del terrible atentado que enlutó a más de un pueblo
De esta manera, los argumentos que alumbran tan peligrosa conclusión son dos:
Una de ellas se centra en la misteriosa elaboración –posiblemente en 1897- de un esotérico documento llamado “los protocolos de los sabios de Sion”. En este documento se habla -en una serie de 24 puntos- de una acaparación de poderes y espacios que posibilitarían la hegemonía de los judíos en el mundo. Dicho documento arrancado de su contexto histórico ha dado lugar a múltiples interpretaciones poco constructivas sobre la generación actual de judíos y sus ocupaciones profesionales tanto en los negocios como en lo político.
El segundo argumento responde a la más equivocada desvirtuación de una nota de prensa, por no decir “de una habladuría”. Cuando se acusa a los judíos como actores -o cómplices- del terrible atentado terrorista al desaparecido World Trade Center, se centran en el rumor de que ningún judío fue a trabajar ese día a las oficinas del mencionado centro financiero. Más aún se habla de una cantidad de 300 judíos que tendenciosamente abandonaron sus obligaciones al saber lo que ocurriría.
Muchas de las reaccionarias opiniones justifican sus posturas al asegurar que ningún judío falleció ese terrible día bajo el fuego y los escombros. Sin embargo, el mural que cerca el perímetro del terreno en el que se encontraban las torres gemelas, se inmortalizaron los nombres de todas las victimas. En aquella lista figuran más de un centenar de apellidos de ascendencia judía. Lo cual desarmaría el argumento de este segundo punto.
Ahora bien, me animo a pensar que detrás de estas débiles posturas se esconde un discurso violentista, azuzador de miedos y rencores.
Así pues, fanáticos, lunáticos y fundamentalistas se han sumado a elaborar un discurso -que muy lamentablemente- aun recoge vigencia. Esta sombra no es otra que los temores encarnados en los grupos racistas como los Cabezas rapadas o nazis. Pocas cosas pueden guardar tanta tristeza como la cruz esvástica. Nada puede entristecer más que ver a un joven alzando en alto una bandera nazi. Nada puede decepcionar o entristecer más que ver a un joven cobrizo llevando en la espalda un símbolo del terror y la destrucción humana. Y es aquí donde me reconozco encerrado en una paradoja. No puedo distinguir entre qué cosa es peor que la otra; que este joven -peruano- no sepa qué signifique esa cruz, o que muy por el contrario sí lo sepa. Finalmente ambas terminan siendo decepcionantes, pero el consuelo de esperar el mal menor es inevitable.
De esta manera he buscado mostrar cómo es que un discurso violentista, discriminador y meramente autodestructivo para la humanidad se muestra de forma tímida sobre débiles y golpeadas voluntades que solo ven el infierno en los otros y no en ellos mismos. ¿Es que acaso no hemos aprendido nada del holocausto contra el pueblo semita? ¿Es que aún no recuperamos nuestra capacidad empática y compasiva? ¿Es que los pobladores del mundo nos mantendremos nuevamente indiferentes cuando se esquematizan nuevas formas de hacer daño?
Todas estas preguntas se encuentran desde hace mucho arrojadas al mundo esperando respuestas.
Ahora bien, me gustaría terminar esta modesta intervención con una idea parafraseada de una lectura –breve- hecha del libro del Corán. Libro sagrado de un pueblo satanizado por culpa de un puñado aislado de fundamentalistas. Así pues, aquí se nos relata que Alá creó grandes grupos de gentes y culturas para que en ellas –en todas sus expresiones- se reconozca la humanidad. Esta idea devela un discurso inclusivo, tolerante y expectante que busca y reconoce en el otro a un sujeto semejante con derecho a vivir y expresarse según la singularidad de su pueblo.
De esta forma “Sabiduriadelamor” confirma e insiste en su llamado por una cultura de paz a nivel político, económico y social.
Hasta pronto.
