
Quien escribe estas líneas no es un fanático del heavy metal pero sí de otros géneros, variopintos todos. Sin embargo un fenómeno sociocultural se volcó en nuestra ciudad y nos dejó muchas cosas por las cuales pensar.
En un país de reiterada pluriculturalidad como lo es el Perú, el encontrar una expresión artística que convoque multitudes y unifique en jolgorio a las distintas clases sociales, es un reto nada fácil. Cuando todos nos centrábamos en la banda “Bareto” como la única capaz de unir sensaciones y expresiones regionales transmitibles, llegó una “doncella de acero” que sin proponérselo unión a monocromáticos personajes de todas las regiones del país. Los mismos que luego de un sufrido peregrinaje hacia la capital, acamparon y soportaron la burlona autoridad de nuestro vulnerable clima. Y como respuesta a todas esas hostilidades, una marea negra de gritos y dedos alzados enarbolaban el grito de "Iron Maiden". Cuya euforia no respetaba las reglas fonéticas de un ya golpeado idioma anglosajón.
Así pues, fui un pasivo observador de cómo el provinciano, el capitalino, el negro, mestizo, chino y blanco abrazaban sus entusiasmos entorno al sentimiento colectivo por la música. Labor que –más allá del sarcasmo- no lograsen artistas nacionales de todas las tendencias. En ese sentido, esta experiencia nos invita a pensar en el poder del arte, en la fuerza del impulso rítmico vital de la música, en el comprender al otro como a uno mismo, con los mismos goces y necesidades, con el mismo brillo al ver alcanzado un sueño que casi se veía imposible. El arte enseña, el arte educa y unifica.
Si pensáramos menos en imperativos racionales y más en emociones vitales que acepten la diversidad no como problema y dificultad sino como posibilidad de acuerdo y convivencia, otro seria el derrotero que la humanidad seguiría.

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